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Héctor Ricardo Leis - MONTONERO - Testamento

 
Publicar nuevo tema   Responder al tema Foros de discusión -> Con-Memoria. Biblioteca para quienes no sufrieron la década del 70
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jcra
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MensajePublicado: Mie Ene 23, 2013 1:24 pm    Asunto: Héctor Ricardo Leis - MONTONERO - Testamento Responder citando

Si en el país hubiera "LEGALIDAD" y los delitos cometidos por los DELINCUENTES MONTONEROS no estuvieran prescritos, este individuo debería esta preso.


TESTAMENTO DE LOS AÑOS 70


Testamento: Introducción
Héctor Ricardo Leis (Aclaración, Leis fue Oficial Montonero)
Jul 13, 2012


Nací en Avellaneda, Argentina, en 1943. En los años 60, fui militante comunista y peronista. Esta experiencia me llevó a participar en la lucha armada. Estuve un año y medio en la cárcel, fui amnistiado en 1973. Fui combatiente de los Montoneros hasta el final de 1976. En el año siguiente me exilié en Brasil, donde fui reconocido como refugiado político por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados.

Después de algunas idas y vueltas fijé residencia en Brasil, nacionalizándome en 1992. Tengo una maestría en ciencias políticas y otra en filosofía y un doctorado en filosofía, fui profesor de relaciones internacionales, ciencia política y también interdisciplinar en ciencias humanas. Con sesenta y nueve años me jubilé como profesor en la Universidad Federal de Santa Catarina. Soy miembro del Club Político Argentino; mi última militancia.

En este trabajo se combinan elementos analíticos y testimoniales a fin de explicar la tragedia vivida en Argentina en los años 70. Para ello se abordan temas como la relación entre el terrorismo, la guerrilla y la revolución, el conflicto de las generaciones y la calidad del liderazgo. Por último, mirando hacia el futuro del país, se hace una reflexión sobre el resentimiento, la reconciliación, la verdad, la confesión y el perdón.

Testamento: 1.1 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (primera parte)
Héctor Ricardo Leis
Jul 14, 2012


El problema ha sido siempre el mismo: los que fueron a la escuela de la revolución aprendieron y supieron de antemano que curso una revolución debe tomar. Fue el curso de los acontecimientos. (…) Ellos habían adquirido la capacidad de representar cualquier papel que el gran drama de la historia les asignara y, si no hubiera otro papel a su disposición que no fuera el de villano, estaban más que dispuestos a aceptarlo, en lugar de quedarse afuera. (…) Hay cierta grandiosidad absurda en el espectáculo de estos hombres – que se atrevieron a desafiar a todos los poderes y las autoridades del mundo, y cuyo coraje no tenía ninguna duda – sometiéndose, a menudo, de la noche a la mañana, con humildad y sin siquiera un grito, a la llamada de la necesidad histórica, por más loco e incongruente que les debe haber parecido el aspecto exterior de esta necesidad. Ellos fueron engañados, no por las palabras de Danton, Robespierre y Saint-Just y todos las otras que les sonaban en los oídos, fueron engañados por la historia y se convirtieron en los locos de la historia.
Hannah Arendt (1906-1975)

La mayor diferencia entre los modelos de acción de las guerrillas urbana y rural está en la cuestión del terrorismo. Varios países de América Latina pasaron de un tipo de guerrilla a otro sin darse cuenta del cambio de valores que sigue a este cambio. La idealización romántica de la revolución cubana se extendió a ambos modelos, cuando en realidad la urbana es mucho más terrorismo que guerrilla. Sus miembros pagarían caro ese error.

Los guerrilleros urbanos sólo pensaban en el enemigo, ignoraban el poder deletéreo del terrorismo para la calidad de la guerra. El terror es la mejor palanca para una escalada a los extremos de violencia en los conflictos armados. Carl von Clausewitz, en su conocido libro De la Guerra, comprueba que, en general, las guerras no llegan a los extremos de violencia, aunque conceptualmente las mismas implican dinámicas en las que, para ganar, los dos lados son llevados hacia los extremos. Según él, las razones moderadoras del uso de la violencia son muchas, incluyendo la presencia de factores morales, y sobre todo que la guerra siempre se subordina a objetivos políticos. En particular, este último aspecto supone que los agentes conservan a lo largo del proceso un grado relativamente alto de racionalidad. Clausewitz no hace referencia a la cuestión del terror; él estudiaba la guerra convencional de su tiempo. Pero aun así es fácil ver que cuando el terror se introduce en el medio de la guerra, la racionalidad de los actores tiende a eclipsarse y la importancia de los factores morales y políticos a disminuir, ya que aumenta el deseo inmediato de venganza. La cual, paradójicamente, se hace más insaciable cuanto más avanza por el camino del terror.

El terror genera sentimientos profundamente negativos como el miedo y el resentimiento, que alimentan el círculo vicioso de la venganza de las fuerzas combatientes afectadas. Así, el terrorismo lleva la guerra a los extremos del exterminio cruel del enemigo, dejando cada vez más lejos a los factores políticos y morales iniciales. Sólo la rendición incondicional de uno de los lados —y no siempre— puede evitar este exterminio. En algunos casos, como en los estados totalitarios, incluso después de la eliminación del supuesto enemigo, el terror sigue retroalimentándose a lo largo de los años.

En su conocido manual, La Guerra de Guerrillas, publicado en el calor de los combates en Cuba, Che Guevara receta la guerrilla rural para toda América Latina, rechazando explícitamente el terrorismo por considerarlo una acción que dificulta el trabajo político con las masas. Su opinión reflejaba el consenso del viejo marxismo, que identificaba al terrorismo tradicionalmente con la derecha y repudiaba la atracción que ejercía sobre los anarquistas. Tras el fracaso de los intentos de guerrilla rural en los años 60, en América Latina se cambia el curso de la dinámica revolucionaria del campo a las ciudades. En este nuevo contexto Carlos Marighella publica, en 1969, el Manual del Guerrillero Urbano, un libro de referencia para los distintos grupos del continente, incluso los argentinos. El líder brasileño caracteriza las ejecuciones, los secuestros y el terrorismo en general como modelos de acción legítimos de la guerrilla urbana, concluyendo con énfasis que “el terrorismo es un arma que el revolucionario no puede abandonar”. Mientras el terror en las zonas rurales era visto como contraproducente, en las ciudades era elogiado. El terrorismo dejó de ser patrimonio de la derecha al final de los 60. Che Guevara murió en 1967, una lástima. Aunque estimuló de manera insensata a la guerrilla en América Latina y en el mundo, quizás hubiera sido capaz de impedir el giro terrorista en nuestro continente. Era el único que tenía la autoridad moral para hacerlo.

La historia del terrorismo demuestra que él no está sujeto a una ideología. La acción violenta destinada a matar y a producir terror con fines políticos es una práctica que abarca todo el espectro de izquierda y de derecha por igual, a pesar de que su nombre no siempre sea reclamado de forma explícita, tal como lo hizo el líder brasileño. Durante el siglo 19 y las primeras décadas del 20 el terrorismo estuvo ligado principalmente a la izquierda anarquista y al nacionalismo separatista. Sin embargo, entre las dos guerras mundiales, los principales responsables por actos terroristas fueron de la extrema derecha fascista. En el contexto de la Guerra Fría el terrorismo surgió asociado a movimientos de extrema izquierda revolucionaria o de tipo nacionalista y/o separatista, abarcando tanto a países desarrollados de Europa como a subdesarrollados de América Latina, África y Asia. Por último, en el final del siglo 20 y principio del 21, surgió con más fuerza el terrorismo basado en la religión, como el de la organización islámica Al-Qaeda, que atacó las torres del World Trade Center. Este último fue acompañado por la Guerra contra el Terror del gobierno Bush, que utilizó el concepto como una etiqueta para identificar a la mayoría de los enemigos de los Estados Unidos, complicando aún más la comprensión del fenómeno.
Con el terrorismo de Estado pasa lo mismo: cualquier ideología o mentalidad, ya sea de izquierda, de derecha, nacionalista o religiosa, puede acompañarlo. A pesar de sus diferencias, la Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin, la China de Mao, la Argentina de Videla, la Serbia de Milosevic, la Camboya de Pol Pot, y el Irán de Ahmadinejad, entre otros, son Estados igualmente responsables por actos de terrorismo. Los comentarios anteriores permiten concluir que el fenómeno del terrorismo no debería ser caracterizado por sus objetivos, extremamente variados, sino por su capacidad para “envenenar” los conflictos llevando la violencia (y la confusión conceptual) hasta los extremos.

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En América Latina, no todas las guerrillas urbanas fueron igualmente terroristas. Los Montoneros de Argentina fueron probablemente el grupo que más adoptó este modelo de acción en los años 70, y los Tupamaros de Uruguay, los que menos. Por lo tanto, también será distinta la responsabilidad histórica de cada grupo por la instalación de la dialéctica de violencia de cada país.

En esa época nadie pensaba que una organización revolucionaria, aun cuando pusiera bombas y matara personas inocentes, pudiera ser terrorista. Igual que mis compañeros, yo era un terrorista de alma bella. La verdad es difícil de aceptar no sólo para aquellos que fueron guerrilleros, sino para la mayoría de los argentinos. Algunos autores sostienen que durante la dictadura militar, desde Onganía hasta Lanusse, el actor principal de la lucha revolucionaria fue la guerrilla y no el terrorismo, el cual aparecería progresivamente a partir de 1974, con el gobierno constitucional de Isabel Perón. Esta interpretación intenta dividir la lucha armada en dos fases, pero ocurre que en el caso de Montoneros la lógica e intencionalidades del terrorismo estuvieron presentes desde su primera acción pública: el secuestro y ejecución del general Aramburu, en 1970. Este debate es fundamental para la comprensión de las responsabilidades en el proceso de violencia que causó diez mil muertes trágicas – cuya autoría, en una cuenta aproximada, fue de mil (1000) por la Triple A, mil (1000) por las organizaciones revolucionarias y ocho mil (8000) por las fuerzas militares de la dictadura de Videla. Esta es una cuenta que, en la defensa de la dignidad de la historia argentina, se tendría que haber hecho con precisión y consenso público hace mucho tiempo. Mostrando falta de coherencia y bias ideológico, esta cuenta no está en la lista de las reivindicaciones de los movimientos o de los organismos estatales que se ocupan de los derechos humanos en la Argentina.

En la Argentina hubo guerrilla y terrorismo superpuestos casi desde el comienzo de la violencia revolucionaria. El terrorismo se presentó con un rostro bien definido en la ejecución del sindicalista peronista Vandor en 1969 (figura principal de la Confederación General del Trabajo— CGT, colaboracionista con la dictadura de Onganía y adversario de Perón), del general Aramburu en 1970 (arquitecto de la Revolución Libertadora que derrocó a Perón y presidente del gobierno de facto de 1955 a 1958), del sindicalista peronista Rucci en 1973 (secretario general de la CGT y aliado muy próximo de Perón), y del ex-ministro Mor Roig en 1974 (político ajeno al peronismo que como ministro del gobierno del general Lanusse articuló el pacto que permitió el retorno de la democracia en 1973). Todas estas operaciones fueron realizadas por comandos Montoneros (o que se integrarían después en la organización, como en el caso de Vandor). Los dos últimos asesinatos fueron perpetrados a pesar de que el país estaba bajo un régimen democrático, varios años antes de la llegada de la dictadura militar.
Entre otras cosas, el uso del terrorismo fue facilitado entre los Montoneros por la amalgama de componentes ideológicos contradictorios que impedían pensar en estrategias políticas realistas y coherentes. Al mismo tiempo, estos grandes gestos terroristas eran funcionales para el crecimiento de la organización, permitiendo sumar militantes de diversas corrientes ideológicas. Ellos podían venir tanto del catolicismo nacionalista de derecha, como de la teología de la liberación marxista, del peronismo revolucionario de derecha, del comunismo, y de otras variantes de la izquierda. Los Montoneros surgieron y consolidaron su organización en el culto a la violencia. Ellos fueron capaces de matar a todos los que se cruzaron por delante de su voluntad política, sin importarles su condición, ya fueran peronistas o antiperonistas, militares, políticos o sindicalistas.

Sin embargo, soy testigo de que nuestra motivación era noble. Conservo todavía un recuerdo feliz de mi vida en aquellos años. Fueron sombríos pero también llenos de desprendimiento, alegría y amor. Sé que nuestra intención no era hacer el mal por el mal en sí mismo, pero la astucia de la razón, irónica y perversa, pudo convertir hombres buenos en malos, sin darnos tiempo para tomar conciencia. El retorno de este camino sería extremamente difícil para la mayoría, casi imposible.

Los Montoneros ocultaron su ambición de poder por detrás del liderazgo de Perón, pero cuando se dio su retorno, y él no les entregó la dirección del movimiento peronista como esperaban, no dudaron en matar a Rucci para llamar la atención del líder sobre sus demandas, pero sin reconocer públicamente su autoría. Creían que la condición de revolucionarios les otorgaba el patrimonio de la historia, por ser dueños de la verdad se permitieron mentirles a sus contemporáneos (en el otro extremo del espectro político argentino la situación seria semejante, la historia mundial está llena de ejemplos de este tipo). Del mismo modo, años antes habían matado al general Aramburu para ser reconocidos como peronistas por Perón y por las masas. Así como intentaron ocultar la verdad de la muerte de Rucci, en el caso de Aramburu intentaron hacer desaparecer su cuerpo, con la supuesta intención de cambiarlo en el futuro por el de Eva Perón, secuestrado durante el gobierno de Aramburu.

Como Eva Perón murió de muerte natural, la saga de las desapariciones de personas asesinadas con intencionalidad política en la Argentina del siglo 20 no la incluye. Según mi conocimiento, esta triste saga comenzó en 1930 con el anarquista Penina, durante el gobierno del general Uriburu; siguió en 1955, con el comunista Ingalinella, en el gobierno del General Perón; continuó en 1962 con el peronista Vallese durante el gobierno provisional de Guido (que asumió tras el derrocamiento de Frondizi por los militares); hasta llegar al cuarto de la lista, el general Aramburu, cuyo cadáver permanecería desaparecido un mes y medio. El imaginario de los autores de la larga lista desaparecidos que vendría después se construyó con base en estos antecedentes.

Debido a que el asesinato de Rucci provocó una acelerada ascensión a los extremos de violencia, “envenenando” el gobierno de Perón en plena democracia, este atentado debería considerarse como el mayor acto terrorista de la guerrilla argentina en los años 70. Sin embargo, por ser un magnicidio, otro que convocó igualmente a los demonios fue el de Aramburu. Su cuerpo tardó en descansar en paz. Además del desaparecimiento sufrido después de su muerte, cuatro años después de enterrado en el Cementerio de la Recoleta volvería a pasar por lo mismo. Los Montoneros repitieron la hazaña para continuar insistiendo en la devolución del cadáver de Eva Perón. La trágica ironía de este último hecho es que el cuerpo de Evita había sido entregado a Perón en España tres años antes, en 1971: ¡era el general vivo que no lo querría traer de vuelta al país, no el general muerto! Si la primera desaparición del cadáver de Aramburu podía reivindicar alguna legitimidad, la segunda no tenía ninguna razón más que insultar la memoria de los militares argentinos. En favor de los Montoneros se podría decir que la falta de respeto a los muertos tiene una larga historia en la Argentina; el cadáver de Perón tampoco se salvó y tuvo sus manos mutiladas en 1987.

El escenario terrorista argentino de los años 70 tuvo todas las combinaciones posibles de terrorismo, uno más vinculado a los movimientos de la sociedad civil, otro más a los organismos estatales, y también casos intermedios, como la Triple A. Todos se retroalimentaron entre sí. Obviamente, no todos los miembros del estado o de la sociedad civil fueron terroristas de la misma forma a lo largo de la historia. Sin embargo, hubo complicidad en diversos niveles del Estado y la sociedad civil con el terrorismo producido por los gobiernos de Lanusse, Perón, Isabel Perón, Videla, Viola y Galtieri. Así como hubo complicidad con el terrorismo de las organizaciones guerrilleras en distintos niveles de la sociedad civil y del Estado (especialmente en el gobierno de Cámpora y de algunos gobernadores provinciales en 1973).

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Soy testigo de las complicidades ocurridas en 1973.
El 9 de junio se hizo un acto en José León Suárez conmemorando los fusilamientos de diversos militantes peronistas ocurridos en un basural de esa localidad en 1955, por la dictadura militar que había derrocado a Perón. Durante la ceremonia hubo un fuerte enfrentamiento a tiros entre grupos peronistas antagónicos. Por un lado, los sectores revolucionarios nucleados alrededor de los Montoneros, y por otro diversos grupos de derecha y agrupaciones sindicales. El enfrentamiento dejó un muerto y algunos heridos, todos de la derecha peronista. El tiroteo fue provocado por una razón trivial no premeditada. Lo sé porque yo fui quién lo detonó.

Como es habitual, después el evento adquirió aires de conspiración, pero mi intención fue simplemente rescatar a una compañera que me recordaba a Mónica Vitti —de quién me apasioné en los años 60, cuando miré las películas de Antonioni— que pasando por donde no debía fue rodeada por cuatro o cinco militantes de la derecha.
Ellos la estaban molestando. Pienso ahora que no debía ser nada que no pudiera resolverse de otra manera, pero en aquel momento no dudé, me les fui encima y los amedrenté mostrándoles el revolver 38 que llevaba en la cintura. El recuerdo de mi vieja pasión se salvó, pero yo había pisado el hormiguero. De repente la calle se llenó de militantes armados de ambos grupos. No fui yo quien inició el tiroteo, pero respondí inmediatamente a la primera bala y en pocos segundos se generalizó. Lo demás es historia.

A pesar de las pocas bajas, en comparación con lo que estaba por venir, el evento ganó importancia por ser el acto inaugural de la violencia política en el período democrático iniciado el 25 de mayo de 1973. Demostró que las armas seguían engatilladas, que era fácil llevar al nivel militar la confrontación política que existía en el gobierno peronista, en donde los Montoneros dividían puestos e influencias con los sindicatos y la derecha. Esta confrontación parecía enseñar que la violencia era una forma de romper el impase en la ausencia de Perón, que aún no había regresado al país de forma permanente. A los Montoneros les gustó el resultado de la confrontación, pero no imaginaron que habría una reacción tán rápida.

Días más tarde, el 20 de junio, Perón regresaba al país y se esperaba que hablara en un enorme palco erigido en Ezeiza, cerca del aeropuerto. Los Montoneros comparecieron con una gran cantidad de militantes de todas partes del país, pero al llegar con sus carteles cerca del palco fueron recibidos a tiros. Todavía no hay una lista de bajas de este enfrentamiento, los cálculos estimados son de ochenta muertos y cuatrocientos heridos, la mayoría del lado de los Montoneros.

A nivel personal, José León Suárez me dejó un legado difícil de evaluar. Por el lado de las ganancias, ascendí dos grados en la jerarquía de los Montoneros, de aspirante fui directamente a oficial primero. Por el lado de las pérdidas, el día siguiente al tiroteo mi foto ilustraba una nota en un diario de gran circulación. Yo aparecía con la pistola en la mano, el subtítulo me acusaba de ser el asesino. El diario pasó la foto a la policía de la Provincia de Buenos Aires y a varios grupos de derecha y del sindicalismo peronista que juraron vengarse. Eso no me preocupó tanto como la posibilidad de que mi foto fuera identificada por terceros y los diarios publicasen mi nombre; con el tiempo descubrí que no habían sido pocos los amigos que me identificaron. Estaba afligido por mis padres, recién había salido de la cárcel y pensarían que ya estaba complicado nuevamente.

Pero el subjefe de la policía, por casualidad uno de los pocos sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez, también era Montonero. Nos encontramos y me dijo para no preocuparme: él se había encargado de hacer desaparecer a toda la investigación policial, incluyendo las fotos. No volví a verlo; la Triple A lo mató un año más tarde.

Nadie fue procesado por los acontecimientos del 9 de junio de 1973, prueba pequeña pero convincente de la complicidad que existía en la época entre algunos sectores del Estado y las guerrillas peronistas, especialmente con los Montoneros.


Testamento: 1.2 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (segunda parte)
Héctor Ricardo Leis
Jul 19, 2012


Es falso afirmar la existencia de un “terrorismo de Estado”, como si fuera una entidad pura y separada del resto de la sociedad, tal como pretenden las organizaciones de derechos humanos y el gobierno de los Kirchner. Un terrorismo no es más o menos terrorista en función de su origen, sino de su contribución a la dinámica de terror dentro de una comunidad política. Si un movimiento terrorista, venga de donde venga, pretende exterminar a un grupo aislado e indefenso, ya sea nacional, étnico, racial, religioso, cultural o identitario —como, por ejemplo, armenios, bosnios, tutsis, gitanos, homosexuales, indígenas, judíos, musulmanes, cristianos, etc.— eso constituye el peor terrorismo imaginable, lo que el derecho internacional llama un crimen contra la humanidad. Sin embargo, el terrorismo ejercido en un contexto de guerra o de conflicto por el poder entre grupos armados (de manera regular o irregular), no constituye un crimen contra la “humanidad” —a pesar de lo que digan los juristas— sino contra el colectivo en el que se insertan los beligerantes. En el caso argentino, tanto el terrorismo que venía del estado como el que se practicaba desde la sociedad civil eran ejercidos en contra de la comunidad política argentina. Por lo tanto, a pesar de que los crímenes individuales puedan ser diferenciados por sentencias y puniciones legales mayores o menores, el terrorismo de los Montoneros, la Triple A y la dictadura militar son igualmente graves, ya que contribuyeron solidariamente a una ascensión a los extremos de la violencia.

La “humanidad”, como categoría empírica, social, religiosa o política, no existe. Un europeo y un indio de la Amazonia tienen, en cualquier nivel, más diferencias que similitudes. La humanidad es sólo una convención moral que, en todo caso, podría identificar a aquellos grupos pasivos e impotentes frente a la violencia, pero nunca a los que participan activamente en los conflictos armados, como pasó en el caso argentino, donde hubo, sí, víctimas inocentes y ajenas al conflicto, pero que no fueron el objetivo principal del terror, ni de un lado ni del otro. Los museos “de la memoria” construidos durante el gobierno de los Kirchner registran solamente a las víctimas de un lado, pero no del otro, ocultando el hecho de la beligerancia compartida. Y para intentar una mejor construcción del supuesto crimen contra la humanidad de los militares, sus víctimas son transformadas en inocentes sin ningún tipo de identificación o vínculo con las organizaciones guerrilleras. En algunos casos este vínculo pudo no existir, pero cuando existe, en nombre de los derechos humanos el gobierno está suprimiendo la identidad revolucionaria de los “compañeros”. No le hace justicia a la historia, ni al compañero o la compañera, que se recuerde como estudiante o empleado a quien, por ejemplo, enfrentó a la muerte con el grado de oficial de los Montoneros.

En resumen, la víctima es una persona, pero el terrorismo se ejerció a través de ella en contra de su comunidad política. Aunque en menor grado, todos aquellos que colaboraron de una u otra manera se convirtieron en sus cómplices y, por lo tanto, también deberían ser procesados legalmente. Me pregunto entonces, ¿cuántos deberían estar en el banquillo de los acusados por la lucha armada estallada en los años 70 en Argentina? Ciertamente, muchos más de los que están. Los argentinos que fueron testigos de aquella época saben que una proporción significativa de la población, especialmente los jóvenes de la generación de los años 60, apoyaban a la guerrilla, así como otra parte no menos significativa, sobre todo de la generación anterior de los años 40, hacía lo mismo con los militares. Preguntémonos también cuál es el peor terrorismo desde el punto de vista conceptual e histórico. ¿Es peor aquel realizado en nombre del asalto al poder o en nombre de la defensa del Estado? No hay ninguna legitimidad en el terrorismo al servicio del asalto al poder en un contexto democrático, como ocurrió en el período de 1973 a 1976, durante el cual las organizaciones guerrilleras continuaron comportándose casi de la misma manera que antes con la dictadura. Para la guerrilla no peronista nada había cambiado con la llegada de la democracia. Aunque la guerrilla peronista declaró una suspensión de sus operaciones armadas, en el caso de los Montoneros la tregua fue más aparente que real. Como vimos en José León Suárez, la violencia surgía casi espontáneamente. Formalmente, la tregua concluiría en septiembre de 1974, pero las ejecuciones y las grandes acciones de los Montoneros empezaron de manera deliberada un año antes.

El terrorismo no tiene ninguna legitimidad —aun luchando contra una dictadura— si lo que quieren sus ejecutores es hacer una revolución para imponer nuevas reglas de juego. En este caso, como bien declaró Thomas Hobbes, el fundador de la teoría política moderna, en su libro Leviatán (1651), la legitimidad se logra solamente cuando el grupo revolucionario o subversivo toma el poder, nunca antes. Esto no es reaccionarismo, sino una obviedad histórica y constitucional: el cambio de las reglas del juego, especialmente en un sentido revolucionario, no tiene a priori legitimidad o legalidad alguna en ningún tipo de régimen político o ideología política. Esto vale tanto para el Estado liberal como para el socialista, ya sean democráticos o autoritarios. La principal obligación del Estado es defender su existencia con los medios a su alcance. Como afirma Hegel en su Filosofía del Derecho (1821), el Estado, aunque imperfecto en su realización particular, sigue siendo la institución superior de la historia humana civilizada. El terrorismo contra el Estado es extremadamente peligroso porque fomenta fuerzas anti-estatales en su seno que lo degradan rápidamente en la dirección de la barbarie. Paradójicamente, la única alternativa que resta a los grupos subversivos y terroristas de izquierda para ganar legitimidad, antes de la toma del poder, viene de la mano del liberalismo que ellos tanto desprecian. John Locke, fundador reconocido de esa corriente y cuyas ideas fundamentan las concepciones de derechos humanos y democracia moderna desde el siglo 17, justifica claramente la revuelta de los ciudadanos contra el abuso de poder de los gobernantes. En el Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1690), Locke afirma que los hombres tienen derechos naturales antes de la existencia del Estado, lo que hace posible la rebelión cuando ellos le son negados, a fin de recuperarlos. Dicho de otro modo: la revolución solamente es legítima para restaurar los derechos perdidos, no para imponer nuevos derechos u obligaciones.

Volviendo al caso argentino, la legitimidad de la lucha armada se agotó el 25 de mayo de 1973, en el momento en el que todos los presos políticos fueron liberados, después de que el general Lanusse le hubiera entregado el mando presidencial a Cámpora, un presidente civil elegido en elecciones limpias, aceptadas por todos los partidos después de casi veinte años de proscripciones. A partir de ahí la ilegitimidad de los grupos guerrilleros fue total. Fueron ellos los primeros a llevar el terror a la nueva democracia, un terror que fue respondido enseguida y de la misma forma por la Triple A, apoyada por el gobierno. Estos terrores generaron el estado de anarquía que justificaría el golpe militar de 1976, una intervención que fue deseada por los Montoneros y otras organizaciones, imaginando que la salida del gobierno constitucional traería al campo revolucionario un mayor número de fuerzas. La dictadura militar instalada en 1976 decidió avanzar con ímpetu asesino contra aquellos que habían asumido la lucha revolucionaria, pero la legitimidad acumulada por la guerrilla en la lucha contra la dictadura militar anterior, había desaparecido por completo debido a su lucha contra el régimen democrático constituido en 1973. Por lo tanto, la lucha guerrillera contra la nueva dictadura militar no fue solamente suicida, sino también ilegítima. Y a pesar de haber sido demoníaca e ilegal, a pesar de haber llegado a extremos a los cuales la guerrilla nunca llegaría, la lucha de la dictadura contra la subversión fue legítima. Este juicio no es una mera opinión: por detrás está la tradición política y democrática occidental. La Argentina de esos años no tuvo combatientes, ni héroes. La lucha convirtió a todos en víctimas y victimarios recíprocos. Hubo más víctimas en un lado que en otro, pocos inocentes y muchos culpables. Sin embargo, hubo sentencias solamente para los de un lado.

La generación de los años 60 desafió la omnipotencia de Perón y de las fuerzas armadas. Pero la tragedia que provocó no era resultado de cualquier desafío. Perón, que sabía calificar a sus adversarios, los llamó “imberbes” cuando expulsó a los militantes Montoneros de la Plaza de Mayo en 1974. Perón siempre supo de la relevancia de distintas generaciones en la historia política; al llamarlos de imberbes los encuadró deliberadamente en este contexto. Cuando estos “apurados” —otra de las caracterizaciones de Perón— un año antes le habían tirado el cadáver de Rucci, el viejo líder supo de inmediato que ellos deseaban su muerte. Querían ocupar su lugar.

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En el mismo día en el que nacía mi hija, el martes 4 de septiembre de 1973, yo estaba participando de un encuentro regional de los Montoneros en el nivel de conducción de columnas. Era en la ciudad de La Plata, en un parque infantil estatal llamado Ciudad de los Niños, controlado entonces por los Montoneros. Tal vez por la influencia astral de ese nacimiento, fue un día de suerte para mí.
El encuentro era para discutir un documento elaborado por la conducción nacional de Montoneros, que justificaba las posiciones de derecha de Perón en función de un supuesto “cerco” creado a su alrededor, un cerco que le impedía tener contacto directo con el pueblo, o sea con nosotros. La principal línea de acción para romper dicho cerco y atraer al líder para nuestro lado era “tirarle algunos muertos”, según la frase de un miembro de conducción de columna, que debía estar repitiendo lo que escuchara antes en un nivel superior. O, como tradujo alguien que estaba al lado mío, “Perón tiene que saber que podemos matar a cualquiera.”

Nunca me olvidaré de las expresiones en las caras de algunos de estos compañeros, hablaban de matar con una facilidad que parecía forzada. Matar para hacer justicia era algo que yo aceptaba, pero matar para convencer a Perón de que nosotros éramos los buenos y ellos los malos me parecía un delirio. Me di cuenta entonces de que la mayoría de los que estaban en la reunión eran más jóvenes que yo, sin mucha experiencia política anterior a su ingreso a los Montoneros.

Confieso que en la época mi juicio no era moral, hacía tiempo que ya no sabía lo que era eso. El error me parecía gravísimo, pero solamente en el campo político. De todos modos, mi suerte fue haber dicho públicamente lo que pensaba: por cuenta de mis críticas sería rebajado en dos grados, poniéndome así en un segundo plano del festival de muertes que se venía (en Montoneros se ganaba el ascenso por acción militar y el descenso por acción discursiva, los grados que gané a los tiros en José León Suárez los perdí hablando cinco minutos en la Ciudad de los Niños).

Hoy sé que la conducción de los Montoneros no sabía hacer política, sólo sabía usar la violencia con fines políticos, que es la mejor definición de terrorismo que existe. Cuando las armas sustituyen a la política quedan a la vista el terrorismo y las inconsistencias programáticas. ¿Cómo era posible imaginar que, después de tener como objetivo máximo el retorno de Perón al país, los Montoneros quisieran hablar con él del mismo modo que con los militares de la dictadura, por medio de las armas?
Todavía me acuerdo de mi intervención, pocos estuvieron de acuerdo conmigo. Dije que si realmente queríamos heredar de Perón el movimiento peronista, tendríamos de quedarnos quietos, en lugar de atacarlo, dejando que las masas hicieran su experiencia crítica para entonces respaldarlas. Eran las masas quienes tenían el derecho de criticar primero a Perón después de tantos años de espera, hacer lo contrario seria faltarles el respeto. Pero había algo más que inexperiencia política en la conducción de los Montoneros. En ese momento, la conducción ya estaba planeando la ejecución de Rucci. Más que abriendo un debate nos estaban informando lo que venía después, tratando de determinar cuáles eran los oficiales fieles a su línea. Años más tarde me preguntaría quién estaba más cercado, si Perón o la conducción nacional, en función de su absoluto centralismo y autoritarismo organizativo.


Testamento: 2. Generaciones
Héctor Ricardo Leis
Aug 1, 2012


¿Quién no desea la muerte de su padre?
–¿Está usted en su juicio? –exclamó el presidente (del tribunal).
–Sí, estoy en mi juicio, un juicio vil como el de ustedes, y como el de todos esos…papanatas.
Se había vuelto hacia el público al decir esto. Irritado y despectivo, añadió:
–A lo mejor, han matado a sus padres, y ahora se fingen aterrados y se miran unos a otros haciendo aspavientos. ¡Farsantes! Todos desean la muerte de sus padres. Los reptiles se devoran unos a otros…
Fedor Dostoiewski (1821–1881)

Atentar contra la vida de los militares parecía una cosa natural para los Montoneros; después de todo se trataba de peronistas que se atrevían a matar a los amigos de Perón. Los oficiales superiores de las Fuerzas Armadas vivieron con miedo el surgimiento de los guerrilleros en el espejo mágico de las generaciones. Reconocían en ellos las caras de sus hijos. El terror les confirmó que no eran los hijos deseados, eran hijos que querían matarlos y ocupar sus lugares. Fuimos aprendices de parricidas. Si admitimos eso quizás los militares se animen a admitir también su barbarie, atroz y demoníaca — no por haber sido hecha desde el Estado, sino porque les permitió satisfacer plenamente su deseo filicida.

A quien dude de la realidad de estas metáforas generacionales le sugiero pensar en Sergio Schoklender y Hebe de Bonafini. Ni Dostoiewski podría haber imaginado que el mayor parricida de la historia criminal argentina sería adoptado públicamente por la más notable madre de la historia política del país, la presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, entidad icónica en la defensa de los derechos humanos en los años 70. Entre Sergio —que mató a sus padres en forma violenta, cumpliendo después una severa condena por su crimen— y Hebe —que perdió dos hijos en manos de los militares— existió un amor declarado de madre e hijo durante varios años, que acabó sorpresivamente en 2011 cuando el hijo adoptivo, acusado de enriquecimiento ilícito, lavado de dinero, desvío de recursos públicos y asociación ilícita, apuntó a su madre adoptiva como responsable de todo.

El conflicto que asoló a los argentinos y degradó sus instituciones se debe a múltiples factores, la mayoría bastante conocidos. Pero existe uno cuya importancia resulta difícil de percibir, debido a los preconceptos reduccionistas que en el Siglo XX invadieron primero a las ciencias sociales y después el sentido común de los ciudadanos. Dicho factor permite entender mejor el comportamiento extremadamente bárbaro de algunos actores en los años ’70, problema que aun hoy resiste a una explicación convincente. No ayuda a captar las motivaciones racionales, ni las causas materiales de la dinámica política argentina de aquellos años, pero puede ayudar a entender la subjetividad de los actores, en especial sus motivaciones inconscientes y su traducción en sentimientos y emociones negativas. Sabemos que explicar objetivamente comportamientos crueles en la vida pública es una de las tareas más complejas del análisis. Hombres y mujeres con un comportamiento normal y respetuoso en su vida privada, bajo ciertas condiciones pueden transformarse en monstruos. Hannah Arendt se refirió a la “banalidad del mal” para explicar el comportamiento de Eichmann, el jefe de Auschwitz que después de la guerra encontró refugio en la Argentina de Perón. Por los testimonios de los sobrevivientes de los campos de concentración nazis y comunistas sabemos que la barbarie crece en proporción directa a la negación del otro, a la incapacidad para aceptar y entender los valores y motivaciones del otro. ¿Pero que podría existir entre los argentinos que los aproximara a eso? Las ideologías políticas eran antagónicas y sus aristas totalitarias bien podrían explicar las atrocidades cometidas, pero existía un plus que aumentaba los resentimientos acumulados por las ideologías, la lucha de clases y el pasado violento del país. Ese plus pocas veces se presentó con la nitidez que tuvo en la Argentina de los 70, un país que no tenía los problemas raciales, étnicos o religiosos de la mayoría de los países de la región. Lo que arreció los conflictos fue la existencia de una tremenda lucha generacional con reverberaciones en el inconsciente de los individuos. Ese contexto hizo que la lucha armada transformase a los individuos en personajes de una tragedia.

En Homo Sacer, Giorgio Agamben afirma:
“Durante mucho tiempo uno de los privilegios característicos del poder soberano fue el derecho de vida y muerte.” Esta afirmación de Foucault al final de La Voluntad de saber suena perfectamente trivial; pero la primera vez que en la historia del derecho nos encontramos con la expresión “derecho de vida y de muerte”, es en la fórmula vitae necisque potestas, que no designa en modo alguno el poder soberano, sino la potestad incondicionada del pater sobre los hijos varones. (…) la vitae necisque potestas recae sobre todo ciudadano varón libre en el momento de su nacimiento y parece así definir el modelo mismo del poder político en general. No la simple vida natural, sino la vida expuesta a la muerte (la nuda vida o vida sagrada) es el elemento político originario.
Mi generación fue llevada a creer que los militares eran los padres de la Patria. Y lo eran de verdad: cuando festejé mi 40ª aniversario la Argentina había vivido durante 30 años bajo el mando de presidentes de extracción militar. La guerrilla desafió ese supuesto, en el cual los militares creían más que nadie. Cuando el terror los amenazó, la ceguera se transformó en resentimiento y delirio. Al contrario de los militares golpistas anteriores, que traían en sus mochilas proyectos relativamente estructurados para gobernar el país, los que acompañaron a Videla en 1976 subordinaron todo a la venganza; eran animales heridos dispuestos a exterminar sin piedad a aquellos que los habían desafiado en su propio territorio existencial, el de la violencia de las armas. Ni siquiera después de derrotar a la guerrilla consiguieron esos militares refrenar su pulsión de muerte, e intentaron una guerra contra Chile en 1978 –abortada por la mediación papal– y otra contra Inglaterra, por las Islas Malvinas/Falklands, que llevaron hasta las últimas consecuencias en 1982 pero cuyos planes de acción habían sido diseñados por la Marina en 1978.

Parte en los años 60, pero sobre todo en los 70, los argentinos asistieron a la lucha sin tregua entre la vanguardia guerrillera de una generación más nueva y la retaguardia militar de otra generación anterior, con la edad de sus padres. Los jóvenes ansiaban el poder para realizar sus objetivos, con un espíritu tan intelectual y libertario como autoritario y narcisista, dispuestos a hacer lo que fuese necesario, incluso matar. Los viejos defendían el poder con un espíritu autoritario y ciego, sabían que no podían ser derrotados militarmente. En el límite, sus pulsiones inconscientes les daban una potestad ancestral e incondicionada sobre sus desafiantes. En los años 60 hubo generales que más que matar querían entender lo que ocurría, el límite no había sido alcanzado. Pero en los 70 la realidad fue otra, y también otros los generales.

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Héctor Jouvé, uno de los tenientes de la fracasada tentativa del Ejército Guerrillero del Pueblo –guerrilla rural guevarista que actuó en el noroeste de Argentina, a mediados de los 60, durante el gobierno democrático de Illía– dio una entrevista reveladora del espíritu militar de la represión en aquel momento, cuatro décadas después de los acontecimientos.

La entrevista se hizo famosa por haber provocado un extenso debate intelectual en la Argentina sobre el derecho de matar, a propósito del fusilamiento por motivos banales de dos guerrilleros por la conducción del grupo. Interesa aquí destacar otro aspecto, quizás de menor dramaticidad, pero de alta intensidad heurística si lo ponemos en perspectiva histórica. La entrevista permite afirmar que en 1964 existían militares preocupados por los peligros de un futuro golpeado por la lucha armada revolucionaria, cuyo sentido último se les escapaba confusamente. La entrevista muestra que no todos eran iguales a los militares que acompañaron a la dictadura de Videla.

Jouvé relata que después de su detención se encuentra con el general Julio Alsogaray, comandante de las fuerzas militares que lo derrotaron (y que sería más tarde Comandante en Jefe del Ejército.
“¿Y cómo estás?” me dice el General. Yo estaba azul, no había piel que no tuviera un color azul, violeta. “No quiero saber nada de las actividades –me dice–, no me interesa eso. Usted, Jouvé, tiene un perfil muy parecido al de mis hijos. Hemos hablado con sus profesores de la secundaria, y sabemos que usted era muy buen alumno, muy buena persona, que terminó el bachillerato a los 16 años. Fuimos a la universidad, también sabemos que hizo una carrera impresionante hasta que entró al servicio militar y ahí paró, que su papá era un tipo muy respetado en su pueblo, un tipo recto, laburante, muy estimado, honesto. No me diga que esto es porque su mamá lava ropa”. No, no es por eso –le digo–, no es por ninguna de esas cosas. “Bueno – me dice – pero a mí me interesa saber por qué entró a la guerrilla, porque mi hijo se parece mucho a usted.”

El montonero Juan Carlos Alsogaray, hijo del este General, murió luego en un enfrentamiento con el ejército, en 1976, a los 29 años de edad.

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No pretendo reducir las muertes y desapariciones de los 70 a una lucha generacional. Pero una cosa es cierta: la represión de la dictadura militar de Videla, aun siendo espantosa, tuvo un método; su violencia fue cruel y excesiva pero no indiscriminada, algo que se ve claramente ejemplificado en el hecho de que las guerrilleras embarazadas no eran ejecutadas antes del parto, para entregar después a sus bebés en adopción clandestina.No ocurrió lo mismo en otras experiencias históricas de exterminio. Los nazis, por ejemplo, mataban sin distinciones de este tipo. La acción de los militares argentinos tenía la originalidad de las locuras sagradas. Ellos creían que estaban condenadas las almas de sus “hijos”, pero no las de sus “nietos”. Frente a hechos como estos, me parece insustentable la hipótesis de que todos los militares hayan sido personas intrínsecamente enfermas y malvadas, como supone el sentido común vigente. De ambos lados beligerantes se cometieron crímenes que deben ser juzgados y castigados de acuerdo con la ley, pero sus autores no eran todos necesariamente criminales patológicos, aunque sin duda existió un pequeño grupo con trastornos severos de conducta.

Si la violencia hubiera sido resultado de una patología, deberíamos concluir que fue bastante contagiosa, ya que afectó a buena parte de la población argentina, que apoyó selectivamente la insensatez que venía de uno y otro lado, para finalmente apoyar mancomunadamente y sin distinción de credo la no menos insensata Guerra de las Malvinas/Falklands. Si existe alguna patología, ella se encuentra en la particular combinación de imaginarios políticos fundamentalistas y resentimientos históricos de los actores que, en un momento particular de su dinámica, usaron ingenuamente el terror, desafiando no sólo a personas e instituciones sino a arquetipos del inconsciente colectivo. Ni las ideologías, ni las pasiones, explicarían por si mismas el grado de las atrocidades que sucedieron. A pesar del tradicional individualismo y narcisismo de los argentinos, las principales motivaciones de sus tragedias no son tanto de orden individual, como colectivo. Las responsabilidades por los acontecimientos también. Tanto en las fuerzas armadas como en las guerrillas hubo hombres buenos que dejaron de serlo en determinado momento. Y eso no puede ser explicado por patologías preexistentes.

Los reduccionismos imperantes en el debate público sobre los derechos humanos, derivados principalmente del sociologismo y del juridicismo, no nos ayudan a entender el problema. El primero impide la consideración de cualquier factor socio-biológico o psicológico en el análisis de la dinámica política; el segundo obtura la percepción de las responsabilidades e intencionalidades colectivas, priorizando la justicia en el plano individual a la necesidad superior de reparar el daño producido a la comunidad política como tal. La necesidad de un abordaje interdisciplinario que incluya al conjunto de los aspectos afectados por los fenómenos políticos está presente en la mayoría de los pensadores clásicos, desde Aristóteles y San Agustín, hasta Montesquieu, Tocqueville y Max Weber, entre otros. Pero en las ciencias sociales contemporáneas casi no existen rastros de categorías que engloben interdisciplinarmente a múltiples factores. Ni clase social, ni partido político, ni movimiento social, ni cualquier otra del vocabulario dominante favorecen esa operación. Para peor, cuando aparece alguna categoría más interesante, es rápidamente difamada y excluida por el establishment académico, que acompaña las modas teóricas con la misma perdida de conciencia con la que la población acompaña las modas.

No sorprende entonces que el concepto de generación, uno de los pocos que permite al campo de la política un análisis más complejo e interdisciplinar, se encuentre ausente de la literatura. Aclaro que los factores biológicos no se reducen al ADN o a otras variantes del mapa genético de las personas. La investigación científica comprueba hoy también aquello que se sabía desde los tiempos antiguos: que las diferencias de orden biológico (hormonales, en particular, pero no exclusivamente), vivencial y cultural entre un joven de 20 años y un adulto de 50 explican una parte esencial de sus diferencias en el comportamiento. Precisamente, el conjunto de esas diferencias constituye a cada generación, en contraste con las anteriores. La dinámica de las mismas trae a luz elementos que completan a los saberes disciplinares en la busca de la verdad histórica.

Cualquiera que afirme que los argentinos no se aman como comunidad corre el riesgo de ser acusado de traidor a la Patria, sin que nadie se detenga a pensar si existe algo de verdad en eso. Es una pena, la verdad no debería ser acusada de traición.
Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, fue quizás el primero en relacionar lo que hoy conocemos como factores psicológicos, biológicos, sociológicos y políticos. Él utilizó el concepto de philia (amor, amistad) para referirse a lo que cimenta la comunidad política. En este sentido, la Argentina es un país extremo, son pocas las comunidades políticas donde la philia se encuentra más ausente. Esta no es una percepción intuitiva sino un hecho. Cualquier observador neutral puede comprobar fácilmente dos cosas: la primera, que la distinción de amigo-enemigo atraviesa prácticamente cada nano-milímetro de la vida pública y privada; la segunda, que los actores orientan su acción enfatizando mucho más el lado “enemigo” que el “amigo”. El conflicto de los años 70 muestra de forma dramática la ausencia de philia expresada en el choque entre dos generaciones diferentes. Desde una perspectiva civilizatoria, lo peor de la historia argentina de las últimas décadas no fue la catástrofe de los años 70 sino el hecho de que la amplia mayoría de los ciudadanos pasó por ella sin comprender su sentido profundo, permitiendo así que el viento del destino pueda alimentar nuevos incendios con sus cenizas nunca apagadas.

No es común que las generaciones dejen un registro claro de su paso, para mal o para bien. La historia sigue simultáneamente líneas de continuidad y de ruptura; siempre que prevalece más el segundo aspecto hay por detrás una generación más claramente definida, en un sentido fuerte. Argentina tuvo varias generaciones reconocidas públicamente. Las más notables fueron las del siglo 19: la generación del 37, de Echeverría, Sarmiento y Alberdi; y la del 80, de Julio A. Roca. No entiendo las generaciones como cronologías regulares en un mundo continuo, sino como momentos de discontinuidad histórica en los cuales los individuos ganan una nueva identidad que les permite su protagonismo en la esfera pública. Valoro la importancia dada a este concepto por Ortega y Gasset, a pesar de no compartir su énfasis como eje interpretativo general de la historia.

Pienso que el concepto de generación se usa habitualmente sin observar que en el plano empírico puede tener un sentido fuerte o débil. En un sentido débil la generación recorta (con algún grado de arbitrariedad) al conjunto de personas que comenzaron a vivir su vida adulta en determinada década, por ejemplo, en los años 60 o 70. Pero en un sentido fuerte se debe reconocer que existió una generación en los años 60, pero no en los 70. La generación de los 60 representa una condensación de nuevos valores, paradigmas y subjetividades que tuvieron fuerte influencia en la vida política, social y cultural del país, de ahí para adelante. No existe una generación propiamente dicha si sus integrantes no dejan una marca original en la historia. Existe una generación cuando un grupo humano, de edad próxima ente sí, define un antes y un después de forma innegable. Por eso, en ese sentido fuerte, no existió generación de los 70, la de los 60 colonizó esa década, así como las siguientes, infelizmente. Esa colonización es la que abre las puertas para la posibilidad de transformar la tragedia en farsa. La pretensión de repetir la historia por parte de quienes asientan su experiencia sobre bases ajenas engendra frutos espurios, que comparados con los anteriores se transforman en farsa. Es el caso de los gobiernos Kirchneristas, que adoptaron valores y objetivos de la generación del 60 con escaso realismo y sin ninguna autenticidad (recordemos que Néstor Kirchner nació en 1950 y Cristina Kirchner en 1953, ambos pertenecen a la “generación” del 70, la mayoría de sus militantes son más jóvenes todavía.)

En la guerra revolucionaria/contra–revolucionaria que comenzó en los años 60 y tuvo su apogeo en los 70 se enfrentaron dos generaciones, la del 40 y la del 60. La última era la que poseía un sentido más fuerte. En esa casi guerra civil las victorias y derrotas pasarían de mano varias veces. La generación más fuerte sería derrotada militarmente por la más débil, que en ese campo era la más fuerte, pero la historia derrotaría a ambas.

Habitualmente se reconoce como miembros de determinada generación a aquellos nacidos aproximadamente veinte años antes. La generación comienza entonces cuando los jóvenes están en condiciones de asumir sus obligaciones sociales, políticas, culturales y económicas, nutriéndose del ambiente en que actúan. Así, la generación del 60 nació aproximadamente de 1940 para adelante. Yo pertenezco a esa generación, nací en 1943. Es el caso también de los líderes guerrilleros, cuya media de nacimientos se sitúa en 1942.

Mi generación combatió a otra más vieja, nacida a partir de 1920 y madurada en los años 40. La generación de los 60 en Argentina fue construida por un espíritu del tiempo revolucionario, aventurero y vanguardista. La generación de los 40 se nutrió, en cambio, de las ideologías y lamentos de la Segunda Guerra Mundial, dividiendo sus simpatías entre el nazismo, el comunismo y el liberalismo. Por causa de esa heterogeneidad los nacidos alrededor de los años 20 no ganarían el derecho de ser reconocidos como parte de una generación en el sentido fuerte. Sin embargo, en los años 60 y 70, frente a la amenaza revolucionaria, las elites militares condensaron las diferencias de origen de su generación dentro de una visión burocrático-autoritaria cargada de elementos mítico-religiosos. La generación que no supo tener una identidad definida en los 40 alcanzó ese triste derecho apoyando a los militares en los 70. Aunque por otros caminos, la astucia de la razón preparó también un triste destino para la generación revolucionaria de los 60. Sin la más mínima autocrítica, varias décadas después de su catastrófica gesta, numerosos militantes encontraron la realización de sus anhelos en las políticas populistas de los gobiernos Kirchner – aprovechando, de paso, la oportunidad para ocupar cargos públicos.

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Los nombres y años de nacimiento de los principales líderes guerrilleros, siguiendo un orden cronológico aproximada de su aparición en el escenario público: El Kadri (1941), Santucho (1936), Gorriarán Merlo (1941), Olmedo (1943), Quieto (1938), Abal Medina (1947), Firmenich (1948), Galimberti (1947). La muestra revela cohesión generacional, en la medida en que los extremos (1936–1948) se sitúan bastante próximos de la media (1942). Obsérvese que esto no fue necesariamente así en otros países de América Latina. En Brasil, por ejemplo, la cuestión generacional no fue un factor tan relevante. En contraste con Argentina, Brasil tuvo líderes extremamente importantes, como Marighela (1911), inspirador de la guerrilla urbana en el Brasil y todo el continente, y Amazonas (1912), dirigente máximo del partido comunista pro-chino, responsable por la principal guerrilla rural. Ambos líderes revolucionarios eran de la misma generación que sus enemigos, como el político Lacerda (1914) y la sucesión de generales que serían presidentes de la dictadura militar: Castelo Branco (1897), Costa e Silva (1899), Medici (1905), Geisel (1907), Figueiredo (1918). Marighela y Amazonas nacieron apenas cuatro o cinco años después de la media de sus enemigos (1907. Volviendo a la Argentina, siguiendo también un orden cronológico, los líderes militares, políticos y sindicales más destacados que la guerrilla enfrentó fueron: Onganía (1914), Vandor (1923), Levingston (1920), Lorenzo Miguel (1927), Lanusse (1918), Lopez Rega (1916), Isabel Peron (1931), Videla (1925), Massera (1925). Esos líderes mostraban una relativa cohesión en torno de la media (1922), pero de cualquier forma representaban una generación débil, que ni se acercaba a la homogeneidad en torno de grandes valores y objetivos que tuvo la generación del 60. Esos líderes ocupaban un lugar que había sido disputado violentamente también en el interior de su generación – a título de ejemplo puede mencionarse que en las filas de la generación del 40 se inscriben también figuras como Eva Perón y el Che Guevara, nacidos en 1919 y 1928 respectivamente, ambos a escasa distancia de la media de los líderes antes citados.


Testamento: 3. Líderes
Héctor Ricardo Leis
Aug 6, 2012


“La libertad exige el vacío para manifestar-se; lo exige y sucumbe a él. La condición que la determina es la misma que la anula. Ella carece de bases: cuánto más completa sea, más vacilará, pues todo la amenaza, hasta el principio del cual emana. El hombre es tan poco hecho para soportar la libertad, o para merecerla, que aún los beneficios que recibe de ella lo trituran, y ella termina siéndole tan penosa que a los excesos que provoca él prefiere los del terror.”
Emil Cioran (1911-1995)

La historia militar argentina está atravesada por conflictos e ideologías de tipo político. Únicamente un prejuicio maniqueísta podría equiparar a generales como Perón, Lanusse y Videla. Los tres fueron generales del Ejército Argentino —por lo tanto, golpistas— pero en todo lo demás eran diferentes. El primero fue un golpista contra un gobierno constitucional en 1943, en un contexto pro-fascista, y tenía un gran carisma que utilizó de manera populista hasta el fin. El segundo fue un antiperonista visceral, golpista reincidente contra gobiernos civiles y militares, pero de ideología liberal y con suficiente convicción republicana como para organizar elecciones libres que lo obligarían a entregarle la banda presidencial al peronista Cámpora en 1973. Su republicanismo no se limitó a eso; también lo llevó a criticar, en varias ocasiones, la dictadura de Videla. En 1976, cuando empezaban las desapariciones, en Argentina circuló el rumor de que Lanusse se había encontrado con Videla para manifestarle su oposición a los acontecimientos, de la siguiente manera: “Basta de secuestros, general; prisiones, pero no secuestros”. Esta conversación fue confirmada más tarde. Luego de la caída de la dictadura, Lanusse declaró como testigo contra los miembros de las juntas militares. A pesar de las ideologías de Perón y Lanusse eran opuestas, ambos poseían algo en común que está absolutamente ausente en Videla. Perón y Lanusse eran maquiavélicos en el buen sentido de la palabra: eran generales políticos, tenían noción de los límites de violencia que puede ejercer un soberano para instaurar el orden. No eran militares que se conducían por el manual de la corporación. Videla, en cambio, era un militar de carrera insulsa, elegido como comandante en jefe del ejército por Isabel Perón precisamente por eso, por tener un legajo “limpio” de acuerdo con el manual. Isabel no debía saber que Videla también era un fundamentalista, que se sentiría con derecho a hacer cualquier cosa en la cumbre del poder: secuestrar, torturar, matar, hacer desaparecer a los cadáveres y después mentirle a los familiares y a la sociedad sobre esos crímenes.

Perón y Lanusse fueron grandes generales; tenían una visión del mundo y usaron el ejército para hacer política de acuerdo con sus recursos y circunstancias generacionales, nunca confundieron a la política con otra cosa. Videla fue un general mediocre que se dejó llevar por las circunstancias degradantes que lo rodeaban. Por eso mismo sería una injusticia transformarlo, junto al resto de sus comparsas, en los únicos responsables de la tragedia, como pretende la memoria histórica construida en Argentina. Los militares que de los 70 eran parte de una estructura de liderazgo del país que hacía agua por todos los lados, no apenas el militar. Entender la degradación de las elites argentinas en los años 70 es un dato imprescindible para explicar la tragedia que ocurrió. Las fuerzas en choque estaban conducidas por elites que eran mediocres, además de inmorales. Cada uno en su terreno y con los medios disponibles, las conducciones de las Fuerzas Armadas y de los Montoneros excluyeron prácticamente a la política de sus agendas para disputar mejor la carrera a favor del terror y la muerte (si no hablo de otras organizaciones guerrilleras es porque no milité en ellas; cada uno que ajuste cuentas con su propio pasado).

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El carácter del liderazgo de los Montoneros se hizo evidente en un programa de asesinatos que no era pensado desde la política, sino desde el deseo, transformando el resultado de la acción en una ruleta rusa. Las muertes eran elegidas no a partir de debates políticos o de análisis rigurosos de la realidad, sino de un cálculo basado en el pensamiento mágico. No se pensaba cuales podían ser los escenarios posibles como respuesta a una acción; se imaginaba apenas cual sería el mejor y se apostaba a eso. Si la realidad no se correspondía con esa apuesta, nadie era responsabilizado: la conducción no podía estar equivocada. Nunca hubo autocrítica pública por los errores estratégicos de esta política terrorista, se creían infalibles como el Papa. Las víctimas inocentes tampoco importaban demasiado. Muchas de ellas cayeron por estar en el lugar equivocado o usar un uniforme particular; las cuotas mensuales de ejecución exigidas por la conducción obligaban a veces a los combatientes a elegir sus víctimas en la calle, simplemente porque llevaban uniforme policial, para enterarse después —cuando los nombres aparecían en los diarios— de que algunos de los muertos eran aliados o simpatizantes.

El potencial terrorista de los Montoneros era imposible de prever. Existía un cálculo inconfeso de medio millón de víctimas, entre prisión y fusilamientos— que serían necesarias luego de tomar el poder para que el socialismo pudiera sobrevivir rodeado por un cerco de países capitalistas subordinados al imperialismo. Un miembro de la conducción regional de los Montoneros enunció esa cifra con total naturalidad en 1974, como respuesta a mi pregunta sobre las primeras tareas de la revolución triunfante.

El terrorismo no se practicaba únicamente hacia afuera de la organización; se hizo sentir también entre sus miembros. Hubo fusilamientos “ejemplares” de compañeros por trasgresiones de consecuencias mínimas, que respondían más a las circunstancias que al carácter de la persona. Yo recibí orgánicamente informes de algunos de estos “juicios sumarios”. Lamentablemente estas ejecuciones no son hoy reivindicadas por nadie. No me extrañaría que los mismos estén incluidos en listas de víctimas de la dictadura.

De una crueldad y justificación todavía mas banal fueron las “contraofensivas” lanzadas en 1979 y 1981 por los Montoneros, cuando ya estaban derrotados. Firmenich declaró en una entrevista, alrededor de 1981, publicada en La Habana, en una de las revistas del régimen castrista llamada Bohemia (no me acuerdo el número), que la muerte de los compañeros que caían en las contraofensivas era el precio a pagar para mantener viva en las masas la presencia de los Montoneros. Comparó también a los compañeros con los proyectiles de un arma que la organización – esto es, él – disparaba cuando fuese necesario. La vida humana era tratada como mercancía (precio) y como instrumento (proyectil). Para un revolucionario no podrían haber sido peores, las metáforas. Lo cierto es que la mayoría de estos compañeros fueron reclutados de apuro, en el exilio, y enviados a Argentina sin demasiada preparación, con la promesa de que allá

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